El manuscrito de veneno y seda

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Lilith

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13 Abr 2026
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  1. Hombre
El reservado del club olía a una mezcla costosa de tabaco turco y Coco Mademoiselle. Sentado al fondo, Marco ajustaba su corbata, sintiendo que el aire se volvía denso. Había negociado con espías y sicarios, pero nunca se había sentido tan expuesto como ante Valeria.


Ella entró sin hacer ruido, una sombra elegante con un vestido de seda negra que parecía absorber la poca luz del lugar. No traía guardaespaldas. No los necesitaba. Su mandíbula, perfectamente definida, se tensó en una media sonrisa que no llegaba a sus ojos.


—Llegas tarde, Marco —dijo ella. Su voz era un susurro con filo de navaja.


—El tráfico en la ciudad es...


—El tráfico es una excusa para los que no valoran el tiempo —lo cortó ella.


De repente, Valeria no se sentó frente a él. Rodeó la mesa con una lentitud felina hasta quedar justo detrás de su silla. Marco se quedó rígido. Sintió la punta de los dedos de ella rozando su nuca, bajando por la línea del cuello hasta perderse bajo el cuello de su camisa. El contraste de sus manos frías con el calor de su piel le hizo cerrar los ojos.


—¿Tienes miedo, Marco? —le susurró al oído. El aliento de ella, con un sutil aroma a café y especias, le acarició el lóbulo—. Tu pulso dice que sí, pero tu cuerpo... tu cuerpo está pidiendo otra cosa.


Valeria se inclinó, apoyando su pecho ligeramente contra la espalda de él, una presión mínima pero eléctrica. Con una mano, alcanzó la copa de whisky de Marco y se la llevó a los labios a él, obligándole a beber un sorbo mientras su otra mano se cerraba con fuerza posesiva en su mandíbula.


—Bébetelo —ordenó.


Fue un segundo de una intimidad asfixiante. Marco se giró, buscando atraparla, buscando un beso que apagara el incendio que ella misma había provocado, pero Valeria retrocedió un paso, volviendo a ser de hielo en un pestañeo. El momento de vulnerabilidad de él era la ventaja de ella.


—Ahora, el maletín. Tienes la clave. Empecemos.


Marco deslizó el cuero sobre la mesa, todavía aturdido por el contacto. Valeria lo abrió con dedos largos y seguros. Ojeó los documentos con un desprecio soberbio.


—Falta la página cuarenta —sentenció ella, cerrando el maletín de golpe.


—Es un seguro de vida, Valeria. Recibirás el resto cuando esté a salvo en el aeropuerto.


Valeria soltó una risa seca y se acercó de nuevo, pero esta vez no hubo caricia. Se sentó sobre el borde de la mesa, cruzando sus piernas infinitas, dejando que la seda del vestido se deslizara lo justo.


—Crees que estamos jugando al ajedrez, pero tú ni siquiera eres un peón —murmuró ella—. Bebe el resto de la copa.


—¿Qué? No voy a...


—Es el antídoto —dijo ella con una calma aterradora—. El borde de tu copa estaba impregnado con un derivado de ricina. Tienes exactamente seis minutos antes de que tus pulmones se olviden de cómo respirar. ¿Quieres morir aquí, después de haber sentido mi piel, o quieres darme la página?


Marco palideció. La excitación de hacía un momento se convirtió en puro pánico.


—La página... está en el doble fondo del coche —logró balbucear, entregándole la llave.


Valeria tomó la llave, guardó el frasco del supuesto antídoto y se levantó.


—¿Y mi dosis? —gritó Marco, cayendo al suelo.


Valeria se detuvo en la puerta. Se pasó la lengua por el labio inferior, como si todavía saboreara la victoria.


—No había veneno en la copa, Marco. Lo que sientes es el efecto de haber intentado engañar a la mujer equivocada. Disfruta del ataque de pánico; dicen que la sensación es muy parecida a un orgasmo... pero sin el placer.


Salió del club dejando a Marco jadeando. Al subir a su coche, marcó un número.


—Ya tengo el original. Y dile a @Cinthia que el filtro ha funcionado: los cobardes siempre se delatan solos cuando les das un poco de calor.
 
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      E @ elmanuele: disculpa , David
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