Pequeño relato de como mi primera novia acabó despertando todo lo que llevaba dentro...
EL ANTES: LA CHISPA INTERIOR
La idea no llegó como una propuesta mía. Brotó de ella, una noche de verano tórrido, con las sábanas pegadas a la piel y el ventilador moviendo el aire caliente como un suspiro perezoso.
Habíamos hecho el amor, un acoplamiento lento y sudoroso. Mi polla, a medio flácida aún dentro de su coño caliente y húmedo, palpitaba con los últimos ecos del orgasmo. Ella estaba debajo de mí, jadeando, sus pechos pequeños y firmes aplastados contra mi pecho. Sus ojos, sin embargo, no estaban cerrados en la satisfacción. Miraban al techo, con una intensidad pensativa.
“Oye,” dijo, su voz ronca por el esfuerzo. “¿Tú alguna vez… has fantaseado con otra persona? No de enamorarte. Solo… el cuerpo.”
Me incorporé un poco, apoyado en los codos, y la miré. “¿A qué te refieres?”
Ella se mordió el labio inferior, un gesto de nerviosismo que conocía bien. “No sé. A veces… cuando me estás follando, y es tan… tan nuestro, tan predecible… mi mente vuela. Pienso en cómo sería otra polla. Más gruesa. Más larga. Que entrara de otra manera.” Sus palabras, dichas en ese tono de confesión íntima, eran más excitantes que cualquier pornografía. “O pienso en una boca que no fuera la tuya chupándome los pezones, o una mano más grande agarrando mis nalgas.”
Sentí cómo mi miembro, que había empezado a ablandarse dentro de su envoltura cálida, respondía con un nuevo latido de interés. “¿Y tú?” pregunté, mi voz baja.
Ella giró la cabeza, evitando mi mirada. Un rubor intenso le subió por el cuello. “A veces,” susurró. “En el gimnasio. En la oficina. Veo a un hombre y… me pregunto. ¿Cómo sería? ¿Cómo follaría? ¿Su polla sería distinta? ¿Le gustaría mi coño? ¿O solo pienso yo en estas mierdas?”
La besé entonces, un beso profundo y sucio, saboreando la sal de su sudor y la honestidad brutal de sus palabras. Al separarnos, le dije: “No. No solo piensas tú. Yo también. Veo a una mujer y pienso: ¿cómo será su coño? ¿Más apretado? ¿Más húmedo? ¿Gemiría más alto si la follara contra la pared?”
El aire entre nosotros cambió. La culpa se evaporó, reemplazada por una electricidad nueva, compartida, deliciosamente perversa.
“Hay sitios,” continué, mi boca rozando su oreja mientras mi polla, ahora completamente dura otra vez, empezaba a moverse otra vez dentro de ella, un movimiento lento y deliberado. “Clubs. Donde la gente normal va a… explorar esas fantasías. Juntos. Sin mentiras. Sin dramas. Solo curiosidad y carne.”
Ella cerró los ojos y un gemido largo escapó de sus labios. Sus caderas se elevaron para encontrarse con mis empujes. “¿De verdad?” jadeó. “¿Y… la gente solo… se mira? ¿O…?”
“Lo que los dos quieran. Solo mirar. Tocarse. O… más.” Le mordí el lóbulo de la oreja. “Imagínate. Verte ahí, con ese vestido negro que se te marca tanto entre las piernas. Verte bailar, sabiendo que todos los hombres en la sala se están imaginando cómo es tu coño, cómo saben tus tetas. Y tú, sabiéndolo, excitándote con eso.”
Su respiración se hizo entrecortada. Sus uñas se clavaron en mi espalda. “Y… ¿tú estarías ahí? ¿Mirándome?”
“Te miraría como el hombre más envidioso y más excitado del mundo. Porque todos te desearían… pero solo yo sé cómo gimes cuando te correes.”
Fue entonces cuando su orgasmo la golpeó, un segundo clímax, inesperado y violento, que le hizo arquear la espalda y gritar mi nombre con una fuerza que estremeció la habitación. Su coño se contrajo alrededor de mi miembro en espasmos convulsivos, apretándolo, exprimiéndolo, y yo no pude resistir y corrí dentro de ella, profundamente, posesivamente.
Cuando el mundo dejó de dar vueltas, quedamos enredados, pegados por el sudor y nuestros fluidos mezclados. Ella tenía la mejilla contra mi pecho.
“Cuéntame más de ese club,” murmuró, y no había miedo en su voz. Solo un deseo oscuro y hambriento.
Las semanas siguientes fueron una lenta y deliberada seducción mutua. No fue una persuasión, fue una co-conspiración. Buscábamos perfiles de clubes juntos en el sofá, su dedo señalando fotos en mi tablet. “¿Esta gente parece normal?” “¿Y si voy con este body? ¿Es demasiado?” “¿Crees que… a algunos hombres les gustarán mis pechos? Son pequeños.” Yo le aseguraba, con palabras y con besos en esos mismos pechos, que volverían locos a muchos.
La víspera, la ayudé a depilarse por completo. Arrodillado en el baño, separando sus labios con los dedos para pasar la cuchilla por su sexo hinchado y húmedo, fue uno de los momentos más íntimamente eróticos de nuestra vida. “Quiero que lo vean todo,” dijo ella, mirándome fijamente mientras yo trabajaba. “Quiero que cuando me miren, no tengan que imaginar. Quiero que sepan exactamente cómo es mi coño.”
Si os gusta seguiré contando....
EL ANTES: LA CHISPA INTERIOR
La idea no llegó como una propuesta mía. Brotó de ella, una noche de verano tórrido, con las sábanas pegadas a la piel y el ventilador moviendo el aire caliente como un suspiro perezoso.
Habíamos hecho el amor, un acoplamiento lento y sudoroso. Mi polla, a medio flácida aún dentro de su coño caliente y húmedo, palpitaba con los últimos ecos del orgasmo. Ella estaba debajo de mí, jadeando, sus pechos pequeños y firmes aplastados contra mi pecho. Sus ojos, sin embargo, no estaban cerrados en la satisfacción. Miraban al techo, con una intensidad pensativa.
“Oye,” dijo, su voz ronca por el esfuerzo. “¿Tú alguna vez… has fantaseado con otra persona? No de enamorarte. Solo… el cuerpo.”
Me incorporé un poco, apoyado en los codos, y la miré. “¿A qué te refieres?”
Ella se mordió el labio inferior, un gesto de nerviosismo que conocía bien. “No sé. A veces… cuando me estás follando, y es tan… tan nuestro, tan predecible… mi mente vuela. Pienso en cómo sería otra polla. Más gruesa. Más larga. Que entrara de otra manera.” Sus palabras, dichas en ese tono de confesión íntima, eran más excitantes que cualquier pornografía. “O pienso en una boca que no fuera la tuya chupándome los pezones, o una mano más grande agarrando mis nalgas.”
Sentí cómo mi miembro, que había empezado a ablandarse dentro de su envoltura cálida, respondía con un nuevo latido de interés. “¿Y tú?” pregunté, mi voz baja.
Ella giró la cabeza, evitando mi mirada. Un rubor intenso le subió por el cuello. “A veces,” susurró. “En el gimnasio. En la oficina. Veo a un hombre y… me pregunto. ¿Cómo sería? ¿Cómo follaría? ¿Su polla sería distinta? ¿Le gustaría mi coño? ¿O solo pienso yo en estas mierdas?”
La besé entonces, un beso profundo y sucio, saboreando la sal de su sudor y la honestidad brutal de sus palabras. Al separarnos, le dije: “No. No solo piensas tú. Yo también. Veo a una mujer y pienso: ¿cómo será su coño? ¿Más apretado? ¿Más húmedo? ¿Gemiría más alto si la follara contra la pared?”
El aire entre nosotros cambió. La culpa se evaporó, reemplazada por una electricidad nueva, compartida, deliciosamente perversa.
“Hay sitios,” continué, mi boca rozando su oreja mientras mi polla, ahora completamente dura otra vez, empezaba a moverse otra vez dentro de ella, un movimiento lento y deliberado. “Clubs. Donde la gente normal va a… explorar esas fantasías. Juntos. Sin mentiras. Sin dramas. Solo curiosidad y carne.”
Ella cerró los ojos y un gemido largo escapó de sus labios. Sus caderas se elevaron para encontrarse con mis empujes. “¿De verdad?” jadeó. “¿Y… la gente solo… se mira? ¿O…?”
“Lo que los dos quieran. Solo mirar. Tocarse. O… más.” Le mordí el lóbulo de la oreja. “Imagínate. Verte ahí, con ese vestido negro que se te marca tanto entre las piernas. Verte bailar, sabiendo que todos los hombres en la sala se están imaginando cómo es tu coño, cómo saben tus tetas. Y tú, sabiéndolo, excitándote con eso.”
Su respiración se hizo entrecortada. Sus uñas se clavaron en mi espalda. “Y… ¿tú estarías ahí? ¿Mirándome?”
“Te miraría como el hombre más envidioso y más excitado del mundo. Porque todos te desearían… pero solo yo sé cómo gimes cuando te correes.”
Fue entonces cuando su orgasmo la golpeó, un segundo clímax, inesperado y violento, que le hizo arquear la espalda y gritar mi nombre con una fuerza que estremeció la habitación. Su coño se contrajo alrededor de mi miembro en espasmos convulsivos, apretándolo, exprimiéndolo, y yo no pude resistir y corrí dentro de ella, profundamente, posesivamente.
Cuando el mundo dejó de dar vueltas, quedamos enredados, pegados por el sudor y nuestros fluidos mezclados. Ella tenía la mejilla contra mi pecho.
“Cuéntame más de ese club,” murmuró, y no había miedo en su voz. Solo un deseo oscuro y hambriento.
Las semanas siguientes fueron una lenta y deliberada seducción mutua. No fue una persuasión, fue una co-conspiración. Buscábamos perfiles de clubes juntos en el sofá, su dedo señalando fotos en mi tablet. “¿Esta gente parece normal?” “¿Y si voy con este body? ¿Es demasiado?” “¿Crees que… a algunos hombres les gustarán mis pechos? Son pequeños.” Yo le aseguraba, con palabras y con besos en esos mismos pechos, que volverían locos a muchos.
La víspera, la ayudé a depilarse por completo. Arrodillado en el baño, separando sus labios con los dedos para pasar la cuchilla por su sexo hinchado y húmedo, fue uno de los momentos más íntimamente eróticos de nuestra vida. “Quiero que lo vean todo,” dijo ella, mirándome fijamente mientras yo trabajaba. “Quiero que cuando me miren, no tengan que imaginar. Quiero que sepan exactamente cómo es mi coño.”
Si os gusta seguiré contando....