El compromiso

Till Lindemann

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El compromiso

Sus palabras me sonaban a compromiso, a “ojalá hubiese salido a dar un paseo”, a “debería haber vuelto un día antes a casa”.

José: —Y habíamos pensado en ti, Till, porque… tú eres electricista, ¿verdad?

No fui capaz de responder ni con la cabeza ni con el corazón, sino con ese Till que se adelantaba a los dos y no sabía decir que no. Y, mientras, el corazón buscaba una excusa que darle a mi mujer y justificar, de algún modo, que volvería un día más tarde.

Como cada verano, había llevado a mis hijos a pasar unas semanas con sus abuelos, solo que este era el primero sin el abuelo. En su entierro había visto a José y a su mujer. Ella vino a saludarme en la iglesia y a darme un beso. Se dio la curiosa circunstancia de que instantes antes me había cruzado con ella en la plaza de la iglesia, pero en ese momento no la reconocí. Me giré para observar su belleza y ese culo que se adivinaba, porque incluso en momentos así uno no es de piedra. Ella se dio cuenta.

José, en cambio, no encontró el momento de saludarme, y bueno, yo a él tampoco. Hacía nueve años desde la última vez que nos vimos. En aquella ocasión fue tras mi primera visita solo, con mis hijos, a ver a sus abuelos. Mi expareja había fallecido meses antes, y José y su mujer, Marta, tuvieron el gesto de venir a verme e invitarme a unas cañas para conocer cómo me sentía y darme su apoyo.

He de reconocer que quedarme un día más se me hacía un poco cuesta arriba, en parte porque ya echaba de menos a mi mujer, pero también porque, aun estando cerca de mis hijos, no podría estar con ellos, y eso, en cierta manera, me dolía. Tan cerca, pero tan lejos.

El trabajo era sencillo: se trataba de hacer la instalación eléctrica de un pequeño trastero adjunto a la casa en la playa de José y Marta. Habían ampliado este trastero y lo querían convertir en la habitación de su hijo para sus estancias veraniegas. Y, claro, el verano en el sureste español ya estaba a la vuelta de la esquina, tanto que la piel ya empezaba a tostarse con tan solo unos minutos al sol.

A la mañana siguiente preparé la mochila que me había llevado para pasar un par de días en la casa de la abuela de mis hijos: dejarles, descansar un día o unas horas y volver. Aproveché los últimos momentos con mis hijos; incluso me despedí de ellos un par de veces antes de que Marta y José llegasen.

Les seguiría desde la casa de los abuelos de los niños. Iría con mi coche, con la esperanza de terminar cuanto antes y emprender el viaje de vuelta a casa. Me despedí una vez más de mis hijos en la puerta de la casa al ver el coche de Marta parando delante del mío. Ella se bajó del coche, pero no era José quien la acompañaba: era Rocío, su cuñada.

Tras los saludos iniciales, Marta me contó que José no podía venir a ayudarme, que estaba muy ocupado preparando un Seat Panda para un raid solidario por Marruecos, donde repartirían cuadernos y lápices a los niños, y que ella misma me ayudaría en lo necesario. No conocía suficientemente a José; no sabía si era celoso, pero sí fui consciente de que se había encargado de que a Marta la acompañase su hermana Rocío como carabina. Pero… ¿cuántas veces una carabina se había convertido en confidente?

Para entonces ya había contado “la verdad” a mi mujer, que luego todo se sabe, solo que ni yo sabía que me encontraría solo, en una casa en la playa, con Marta y Rocío. Un escenario que me apetecía explorar. Las mayores tentaciones de las que tenía conocimiento en esas tierras.

Marta: Marta tenía un aura, una esencia tremendamente seductora: dulce, educada, con una sonrisa preciosa. Parecía que no había roto un plato en su vida. Tenía 40 y pocos años, aunque, al igual que Rocío, aparentaba ser treintañera. Era una rubia realmente bonita, de pelo rizado natural, sin necesidad de ser un experimento de peluquería; de cuerpo cuidado, tetas no demasiado grandes, pero que aparentaban ser muy sugerentes, y de un culo y unas piernas que eran un auténtico espectáculo. No recuerdo muy bien cuándo la conocí, tal vez algún que otro año antes de aquella vez que me llevaron de cañas.

Rocío: Rocío había sido siempre una preciosidad. Una carambola del destino quiso que la conociese hacía ya más de dos décadas. Entonces, la dulce niña Rocío no tenía edad para hacer el amor, pero sí su prima, a la cual me presentó y a la que acabé eligiendo con el corazón; ese es el consuelo que me quedó. La tez blanquita de Rocío estaba salpicada por pequitas que la hacían, si cabe, más atractiva; contrastaba con la tez más dorada de Marta. Rocío ahora era morena; me gustaba más con su rubio natural. Si el culo de Marta era realmente atractivo, el de Rocío era un espectáculo de la naturaleza: lo había heredado de su madre y parecía crecer con los años. No eran pocas las veces que me había imaginado follándola y sentir mi polla aprisionada por ese culo bamboleante en cada embestida. Rocío era un sueño de juventud, de ocasiones perdidas, y, aunque quede feo, siempre sentí que fue mi NO elección equivocada.

Las había visto pocas veces juntas, pero, desde mi coche, siguiéndolas por el Puerto de la Cadena, pude advertir la conexión entre ellas. Y los ojos de Marta en el retrovisor, buscándome cuando las distancias se hacían cortas.

Mi cabeza empezó a fantasear, tal vez sería mejor pasar la noche en la casa de la playa y salir trempado (que no temprano) al día siguiente.


Tal vez este relato nunca llegue al final…
 
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      J @ jose1994: hola luna7
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