Al atardecer en la piscina

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Cinthia

El deseo puede mover montañas
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El sol del atardecer madrileño iluminaba la piscina olímpica de centro deportivo, pero el calor que corría por las venas de Jorge era de otra naturaleza. Él era el profesor de natación, un hombre experimentado, acostumbrado a observar cuerpos en movimiento, pero que nunca se había atrevido a cruzar esa línea invisible entre la enseñanza y la pasión.

Sara, la nueva inspectora de policía, había sido asignada para realizar rondas de seguridad en el centro. Siempre llegaba puntual, con un conjunto más estilo militar que de policía que le daba un aire autoritario y un cuerpo que provocaba pensamientos turbadores en cualquier hombre. Jorge, sin embargo, sentía que había algo más en ella, una necesidad de desahogo que ella ocultaba detrás de su fría fachada profesional.

Una tarde, mientras las últimas personas abandonaban el recinto, Jorge y Sara se quedaron solos. El sol se ocultaba tras el horizonte, pintando el cielo de naranjas y púrpuras, creando una atmósfera íntima y cargada de tensión eléctrica. Sara se acercó al borde de la piscina, se quitó la gabardina y dejando caer la camisa sobre la borda, se quedó solo con su top ajustado y su ropa interior de encaje blanco.

Jorge, aturdido pero decidido, se acercó a ella.
_ ¿Todo bien, inspectora? preguntó, su voz ronca por el nerviosismo.

Sara levantó la mirada, sus ojos oscuros brillando con una promesa que él no podía ignorar.
_Todo está muy caliente, profesor. Murmuró ella, su voz apenas un susurro que se perdió en el aire húmedo.

Sin decir una palabra más, Sara se lanzó al agua. Jorge no pensó dos veces. Se quitó la camisa y siguió sus pasos, sumergiéndose en el agua fría que contrastaba con el fuego que ardía en su interior. Al salir a la superficie, ella lo miró, sus labios hinchados y brillantes de deseo.

La piscina se volvió su escenario. Sara, con una destreza impresionante, se acercó a Jorge y lo besó con una intensidad que lo dejó sin aliento. Su lengua exploraba su boca con una urgencia desesperada, mientras sus manos se aferraban a sus hombros, marcándolo con sus uñas. Jorge, respondiendo a su llamada, la levantó del agua, suspiros y jadeos entrelazados, y la depositó sobre el borde de la piscina, donde el agua goteaba por su piel.

Sara, con una valentía inusual, se deslizó hacia él, sus manos recorriendo su torso, bajando hacia su cintura. Se desabotonó suavemente el pantalón de baño de Jorge, revelando su polla, que se alzaba orgulloso bajo el agua.
Sin perder el contacto visual, Sara lo tomó en su mano, sus dedos recorriendo su longitud con destreza, provocando que él emitiera un gemido, sin que Jorge lo esperase, ella se sumergio en el agua para para probar esa polla que tenía en sus manos, haciendo que Jorge le saliera una maldición por tan impresionante estampa, Sara comiéndole la polla.
Al poco tiempo,Sara salió del agua para poder coger aíre y justo en ese momento, Jorge la levantó para sentarla en el borde de la piscina,la quitó las braguitas de encaje y empezó a comerla el coño,haciendo que ella gritara de placer, ella le agarró de la cabeza para que continuase haciéndolo ya que estaba haciendo que ella estuviese muy húmeda sin necesidad de estar dentro del agua, pero cuando él notó que ella estaba apunto de correrse, paró y no pudiendo contenerse más, la invitó a sentarse sobre él. Sin dudarlo ella toma su miembro entre sus manos y guiándolo hacia su entrada húmeda y desesperada. Con un movimiento suave pero firme, se pegó a él, sintiendo cómo se abría por dentro, llenándola por completo. La piscina se convirtió en un altar de placer, donde cada movimiento era un grito de libertad y pasión.

El ritmo cada vez era más rápido, cada penetración más profunda y violenta, mientras ambos se aferraban al borde de la piscina, las uñas de ella clavándose en la espalda de él mientras él la agarraba del culo para poder metérsela más profundamente. Los gemidos se mezclaban con el sonido del agua que golpeaba contra el borde. Sara, con una fuerza nada normal, se agarró a los hombros de Jorge, volviendo a clavar sus uñas en su piel, dejando marcas que durarían toda la vida. Jorge, por su parte, no podía dejar de mirarla, admirando su belleza y su pasión desatada.

La piscina se llenó de sus ecos, un sonido que se mezclaba con sus gemidos y jadeos. Ambos se acercaron al clímax al mismo tiempo, un tsunami de placer que los envolvió por completo. Jorge soltó un último grito de placer, mientras Sara se arqueaba hacia atrás, sus ojos cerrados, su boca abierta en un grito mudo de éxtasis. Ambos se quedaron allí, atascados en el agua, jadeando y sudando, mientras el sol se ocultaba por completo, dejándolos en la penumbra.

El calor del cuerpo se mezclaba con el calor del agua, creando una atmósfera íntima y explícita que los dejaba exhaustos pero satisfechos. Jorge y Sara se miraron, sus ojos brillando con una promesa de una aventura que seguro no terminaría allí.

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